Los ‘urbanos’ andan con los pantalones por
debajo de los calzoncillos, las gorras con las viseras al costado y
t-shirts
estrafalarios. Parecen murales andantes, con los brazos llenos
de tatuajes. Hablan mal y saludan o posan con señas que parecen
pertenecer no al lenguaje de los sordos e hipoacústicos, sino a bandas
barriales.
Un buen día descubrieron la computadora, y
otro el Internet, y se apropiaron de los medios de producción para
inventarse un sonido diferente, basado sobre todo en el ritmo, pegajoso y
liberal, tan extremista como una sinfonía, adecuado a sus códigos
sonoros y a sus ganas de ‘cronicar’ la realidad que les rodea. Porque
esa realidad no la ven en ninguna otra música.
Esa combinación coherente de sonidos y
silencios, que no gusta a tantos, la convirtieron en algo con que poder
buscarse el sustento, y salir del cinturón de pobreza que permite que en
el medio que les rodea pululen violencia en todas sus variantes, drogas
y narcotráfico
.
Los ‘urbanos’ son irreverentes, dicen malas
palabras, riman sol con amol, faltan el respeto a personas de gran valía
moral, y posiblemente algunos de ellos consuman algo más que bebidas
alcohólicas. Como también consumen, seguramente, músicos de otros
géneros, deportistas, empresarios, cocineros, publicistas, arquitectos e
ingenieros, entre otros. Algunos ‘urbanos’, los menos, han pasado algún
que otro período detrás de las rejas.
Los ‘urbanos’ no son santos. No son santos de
devoción de muchos. Pero muchos los utilizan para sus fines. Tanto
políticos como empresarios los han utilizado en sus campañas.
Por estos tiempos, la cultura se entiende
como un entramado de significados en un acto de comunicación, objetivos y
subjetivos, entre los procesos mentales que crean los significados y un
medio ambiente o contexto significativo. Visto así, lo ‘urbano’ es
parte de nuestra cultura.
Sí, son una realidad. Están ahí. Y no son
ellos precisamente el veneno de la sociedad. Un análisis sociológico de
la realidad arrojaría enseguida otros culpables. No se les puede borrar
ni con una ley ni con un decreto. ¿Por qué entonces no acompañarlos a
crecer y ser mejores?